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EL ARTESANO (TEXTO DE APERTURA DE EXPOSICIÓN DE FREDY ESCOBAR VEGA)

Llamar artesano a Fredy Escobar no constituye un desmerecimiento de su obra; por el contrario, es un elogio al hombre que, con precisión milimétrica y una vida dedicada a su oficio, crea grandes obras. Benvenuto Cellini, con esa misma precisión artesanal, realizó el célebre Salero de Francisco I, una de las piezas más extraordinarias del Renacimiento Tardio.

En su Manifiesto del artesano, escrito a comienzos de los años dos mil, Escobar afirma que busca ser un artesano porque ello le permite quebrar los sentidos de la utilidad en beneficio de la tradición, la fantasía y el capricho. Más adelante sostiene que «la artesanía no quiere durar milenios ni está poseída por la prisa de morir pronto; transcurre con los días, fluye con nosotros, se gasta poco a poco; no busca la muerte ni la niega: la acepta». Y concluye con una sentencia que resume toda una filosofía de vida: «La artesanía nos enseña a morir y así nos enseña a vivir».

Puca Supay,
óleo sobre lienzo,
130 x 160 cm,
2017

Las obras que hoy contemplamos, concebidas a manera de retrospectiva, invitan al espectador a asumir también esa mirada de artesano: una mirada paciente, capaz de descubrir las obsesiones, los recursos, las fortalezas y las desilusiones que habitan en los trazos sueltos, convulsos, violentos y, al mismo tiempo, profundamente románticos de Escobar. Es en ‘Supay’ que emerge la fuerza de los Andes para encontrarse con la soledad de un ‘mientras tanto’ de un visitante. Ese mientras tanto de un amor que espera en las gradas de una iglesia o en las bancas de un abril frívolo que anhela florecer en septiembre.

Pasantes (Díptico),
óleo sobre lienzo,
160 x 260 cm,
2019
Chicheros,
óleo sobre lienzo,
145 x 90 cm,
s/f

Besos, pastel sobre papel, 47 x 57 cm, 2026

Ese ‘mientras tanto’ es también una espera identitaria. Una pulsión que sobrecoge. Un umbral incierto entre el mundo de ‘los pasantes’ que celebran la vida y de quienes la abandonan bajo las ráfagas de aire. Pero, al caer la tarde o al comenzar la noche, todos buscamos un ‘beso’ a lo Toulouse-Lautrec: un beso descarnado, cómplice e infiel; un beso que nos devuelva el alma que hemos ido dejando, poco a poco, entre las sábanas, donde se ven las caras pero nunca el corazón. 

Perrito,
acrílico sobre tela,
100 x 80 cm,
2026

Celebremos, entonces, la mirada precisa y la mano obsesiva de un artesano de la forma, la línea y el color. Un artesano que ha construido un universo donde la tradición dialoga con la fantasía y donde el imaginario mágico, heredero de la sensibilidad postimpresionista, hace posible que los afectos, la memoria y los amores vuelvan siempre a renacer. 

Visitante,
acrílico sobre lienzo,
154 x 90 cm,
s/f

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