Julio César Téllez: un grande que se olvida

El paso del tiempo es cruel con los gigantes. ¿Qué sería de ellos, los colosos de la historia del arte boliviano, si nadie escribiera sobre su recorrido? ¿Qué sería de los artistas sin las investigaciones de los historiadores o la agudeza de los críticos? ¿Qué sería de nosotros si pasáramos a ser devorados por el tiempo sin que nadie nos recordara?

Hoy en día resulta fácil escribir nuestros nombres y comprobar que no existimos en el mar profundo del internet. O, por el contrario, nos topamos con una sobreabundancia de información. Resulta curioso que al buscar a Leonardo da Vinci o Picasso aparezcan numerosas entradas, mientras que, en una proporción inversa, sucede un vacío abrumador con Julio César Téllez.

Bodegón, Acuarela, 2001

La reciente exposición denominada ‘Julio César Téllez: Retrospectiva (1940 – 2009)’, en el Salón Cecilio Guzmán de Rojas, resultó ser una muestra más en el calendario. No hubo catálogo, no se organizó un conversatorio sobre el maestro y tampoco se generaron textos alrededor de su obra en periódicos o revistas especializadas.

El sonido de su nombre solo se pronuncia entre amigos y familiares. El recuerdo de haber sido uno de los más grandes acuarelistas de nuestro país se empolva con el olvido en bibliotecas institucionales que exhiben libros como adornos, mientras sus cuadros se rifan en mercados de pulgas a montos irrisorios. Al mismo tiempo, empiezan a circular bocetos y ensayos como obras definitivas, lo que desvaloriza su pincelada, la integridad de su trabajo artístico y su memoria.

Calle Colonial, Acuarela, 2003

Suele decirse que el juez más severo es el tiempo. Posiblemente eso esté ocurriendo con este gigante de la acuarela que no llegará —al paso que va— a convertirse en un estandarte nacional como Guzmán de Rojas, ni a generar un frondoso paisaje crítico como Borda. Mucho menos será custodiado y esmeradamente limpiado cada 23 de marzo como el Abaroa de Luján en Sopocachi. Por el contrario, Téllez corre el riesgo de compartir el destino de la cabeza de Zepita: esa obra de Ted Carrasco botada y encarcelada en Aranjuez, mientras las nuevas generaciones empiezan a alabar construcciones artísticas laberínticas que afearán las paredes de sus casas como el Mercado Lanza de nuestra ciudad.

Illimani, Acuarela, 2002
Viejo Zaguán, Acuarela, 2004
Cota Cota, Acuarela, 2002
Rio Sena, Acuarela, 1986
Composición, Mixta, 1992

[ Embocadura ]

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