JHONNY QUEVEDO: LA RETROSPECTIVA SIN MEMORIA

Realizar una retrospectiva implica una búsqueda que ahonde en la memoria. Es un movimiento hacia atrás que, en un sentido amplio, busca el empuje necesario —si aún se conserva las fuerzas— para trazarse nuevos retos. Sin embargo, en muchas ocasiones, la selección caprichosa de retrotraer puede jugar en contra del objetivo inicial; y eso es precisamente lo que ocurrió en la exposición de Jhonny Quevedo Limón en el Museo Nacional de Arte.

Las obras presentadas proponían un recorrido por diversas maderas y piedras. No obstante, el conjunto carecía de un denominador común, de una temática coherente que sirviera de hilo narrativo y de una selección de piezas que justificara su puesta en escena. En otras palabras: se trataba de una reunión de esculturas que no dialogaban entre sí.

En la gélida sala del museo, las piezas se percibían como objetos yuxtapuestos a los que les faltaba el abrasador calor de la fuerza escultórica y la inteligencia interna de un diálogo armónico. Si bien se exhibían obras de distintos periodos, no se percibía la evolución del artista en sus años de trabajo. Uno podía notar la versatilidad de su técnica, pero no el desarrollo de la reflexión consciente que lo inclinó a transitar entre sus piezas. En la sala se podría encontrar con un homenaje a Pink Floyd, obras dedicadas a la mitología griega, formas orgánicas de la naturaleza y esculturas que resonaban con el cubismo lírico. Todas ellas montadas de manera errática por la falta de sensibilidad para entender qué es una retrospectiva. 

La exposición pudo haber ganado solidez de haberse concentrado en una de sus series: los toros, que en sala sumaban seis piezas; los caballos, que eran tres; o incluso sus figuras abstractas. Pero las decisiones del artista para su exposición se dispararon en todas las direcciones y, por tanto, no condujeron a ninguna parte que conmoviera al visitante. Esta dispersión podría haberse mitigado con un soporte audiovisual que narrara su recorrido artístico o, en su defecto, con una línea de tiempo que organizara sus etapas creativas que inician en la época de los 80.

Muro, M. Roble,
80 x 150 x 45 cm, 2013

La ausencia de diálogo entre las formas, la deficiente capacidad de sustentarse en la narrativa artística y el silencio que comprimía la respiración en la sala del museo nos entregaron una exposición improvisada, ausente y sin alma de la fuerza de la naturaleza. Al final, las piezas pasaron a ser meros objetos montados en un recinto (con desprolijidades en su montaje), y la supuesta retrospectiva terminó invocando, paradójicamente, una absoluta ausencia de memoria.

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