AFROS EN LA PATRIA DE LOS DUEÑOS
En un video que circulaba por las redes sociales, escuché decir a una señora que era dueña de Bolivia. Manifestaba efusivamente que ellos —los indígenas de tierras altas (aymaras y quechuas, específicamente)— eran los dueños de este país. Al principio me causó molestia, pero los tíos siempre te dicen que “no se debe pensar con la cabeza caliente”.
Al volver a escuchar a la señora que manifestaba ser dueña de Bolivia, me pregunté si tal afirmación tendría algún respaldo teórico. Los estudios culturales y las reivindicaciones de los pueblos colonizados podrían ser argumentos suficientes para darle la razón. Desde la perspectiva de la etnicidad racializada dentro del sistema capitalista y clasista en el que Bolivia se desenvuelve, la señora sale ganando con tesis bastante sólidas. Por último, desde las luchas indígenas y campesinas, así como desde la memoria larga, tendríamos que entregarles las llaves del país y apagar las luces.
La respuesta de la señora me llevó, imaginariamente, a la entrevista que Felipe Quispe concedió en los años 2000 al programa De Cerca, conducido por el entonces periodista Carlos Mesa, quien posteriormente sería vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada y presidente tras su caída en octubre de 2003. En dicha entrevista, Mesa contextualizaba que los bloqueos de caminos estaban encabezados por tres sectores movilizados: los productores de hoja de coca (Evo Morales), el magisterio (Vilma Plata) y los campesinos (Felipe Quispe).

En esa conversación, Felipe Quispe señalaba que existían dos Bolivias. La primera era blanca, extranjera y urbana; la otra, en contraposición, india, originaria y rural. La entrevista tenía un contexto evidente: retrataba una Bolivia desigual, sin oportunidades para unos y con privilegios para otros, construida —cabe señalar— a costa de indígenas y campesinos.
A veintiséis años de aquella entrevista, muchos de esos argumentos huelen a caducidad. Quienes estuvieron en la guerra del agua y del gas en 2000 y 2003, respectivamente, hoy son profesionales, padres e incluso abuelos. Los sectores marginados antes de 2006 ocupan ahora espacios de poder y decisión, gracias también a procesos previos como la Ley de Participación Popular de los años noventa. Las personas en el ámbito público y privado han empezado a unir lazos de compromiso, tejer relaciones económicas y desarrollar responsabilidades compartidas.
Pero cuando se vuelve a discursos de hace veintiséis años, ocultando las responsabilidades del proyecto político construido desde Evo Morales hasta la actualidad, empiezan a caer las máscaras. Y allí surge la otra diferenciación relegada: en un país donde algunos sectores se consideran dueños absolutos del territorio y pretenden expulsar a los “inquilinos” del país —los q’aras—, me pregunto: ¿dónde quedamos los negros, los amarillos, los rojos..?
Si la intención es que solo deban gobernar los aymaras y/o quechuas porque son los únicos dueños legítimos de Bolivia, entonces: ¿dónde quedamos los afrobolivianos? ¿Dónde quedamos quienes llegamos como personas esclavizadas y hoy cargamos también este país sobre nuestros hombros? ¿Qué ocurre con nuestro aporte cultural y artístico? ¿Cómo se lee la morenada sin el afro? ¿Cómo se cuenta la historia del mondongo sin las manos negras que lo cocinaron? ¿Cómo se comprende el fútbol boliviano sin la fuerza del afroyungueño?

Incluso muchos de los términos utilizados para conceptualizar la opresión llegaron desde África. La “otredad”, por ejemplo, encuentra uno de sus teóricos más influyentes en Frantz Fanon, cuyas ideas ayudaron a visibilizar las estructuras racializadas del poder entre el indio y el blanco. Creando un monopolio discursivo blanco-mestizo y la idea de un soberanía exclusivamente indígena. Pero la otredad de la otredad en Bolivia, desde un punto de vista histórico, político y cultural, somos los afrobolivianos.
En la colonia fuimos esclavizados. En la República seguimos siendo personas esclavizadas por criollos e indígenas, pues teníamos libertad de palabra gracias a Isidoro Belzu, pero no libertad real. A mediados del siglo XX, con la Revolución de 1952 y el voto universal de 1953, accedimos al derecho de elegir y poseer tierras, pero todavía no éramos plenamente libres. La esclavitud por medio del “gancho” circulaba en las pulperías y haciendas tras la Reforma Agraria. No fue hasta las décadas de 1970 y 1980 que los afrobolivianos empezamos a conquistar libertades económicas, culturales y políticas. Y recién en 2010 tuvimos al tío Jorge Medina como primer diputado afroboliviano en el parlamento como las primeras generaciones de profesionales universitarios de tíos y tías que tuvieron que migrar del campo a la ciudad para mejores oportunidades.

En la historia del pueblo afroboliviano permanece el momento en que los tíos y las tías consiguieron el reconocimiento en la Constitución Política del Estado de 2009. Entraron a la Asamblea bailando al ritmo de los tambores, detuvieron el sonido en seco y realizaron sus demandas frente a todos. Exigieron ser reconocidos. El resultado fue que aparecemos cuatro veces en la CPE.
Las luchas reivindicativas de Felipe Quispe hoy son, más bien, nubarrones que poco a poco se dispersan en una Bolivia más amplía, diversa y compleja. La convivencia ya no es una promesa abstracta: la comerciante alteña envía mercadería a los nueve departamentos; empresarios cruceños construyen negocios en tierras altas; al camba de cepa le gusta la marraqueta y al paceño picoverde el cuñapé. Los argumentos esgrimidos por la señora “dueña” de Bolivia pertenecen, en gran medida, a la Bolivia de hace veintiséis años.
Hoy podemos escuchar los tambores de la saya conviviendo con las cuerdas del charango; este, a su vez, dialogando con el violín chaqueño; y todos, finalmente, encontrándose en las voces corales de la Chiquitanía barroca-mestiza. Boliviano no es una tonalidad monocorde, sino una polifonía autentica que busca ser una gran orquesta para conectarse con la sinfónica del mundo.