LA ESTRELLA FUGAZ

Cuando se reciben los catálogos de las exposiciones, habitualmente estos incluyen las fotografías de las obras, los datos técnicos, el texto curatorial y el currículum vitae del artista. Este último, a diferencia de los otros componentes, tiene su antecedente en una célebre carta escrita por Leonardo da Vinci a Ludovico Sforza, duque de Milán, con la intención de ser contratado. El genio italiano se presentaba como arquitecto de puentes en tiempos de paz y como ingeniero militar en tiempos de guerra. Solo en los últimos escalones de su presentación se describía como un artista capaz de pintar y esculpir.

En aquella época, esta era una forma novedosísima de presentarse ante las autoridades. Hoy, en cambio, se trata de un recurso necesario. En el caso boliviano, sin embargo, el tratamiento de los logros es bastante particular: muchos de ellos funcionan como varitas mágicas para convertirse en vacas sagradas incuestionables.

En otras palabras, ganar un premio en Bolivia suele convertirse en la catapulta para casi todo. Si un premio local sitúa al artista en el panteón de los consagrados, obtener uno en el exterior equivale a una consagración casi divina. Evidentemente, esta legitimación aparece respaldada por expertos, jurados impecables y la inclusión en libros de arte. Contar con estos respaldos muchas veces silencia sistemáticamente las observaciones críticas que podrían formularse. Se produce un efecto de clausura discursiva: la obra deja de ser interrogada para convertirse en objeto de reafirmación. 

Hago esta introducción —quizá demasiado extensa— porque me encuentro en la prudente duda de si las últimas producciones de Douglas Rivera merecen las menciones que se escriben en su nombre. Pedro Querejazu lo incluye en su reciente escrito dedicado al bicentenario, titulado Bolivia, 200 años de arte. Margarita Vila, por su parte, señala sobre el artista:

Con tan rica y diversa educación, [Douglas Rivera], émulo de los maestros del Renacimiento italiano, se comprende bien su impecable sentido de la composición, colorido, iluminación y texturas, así como su capacidad para evocar el alma de cada individuo y el ajayu de las múltiples etnias...
(Margarita Vila, Douglas Rivera y el anhelo de trascendencia, en: Trascender el Bicentenario en color y forma, Simón I. Patiño, 2025, p. 2).

Las consideraciones de Querejazu y las palabras de Vila son valoraciones que todo artista quisiera tener, pero también son gestos que crean murallas invisibles, infranqueables para la crítica de arte por la consagración que ejercen. En este punto, el cuestionamiento crítico corre el riesgo de ser una provocación innecesaria y un desatino frente a los elogios.

Resulta llamativo que ambos historiadores del arte en Bolivia no se hayan detenido en el tratamiento pictórico de Douglas Rivera, en los últimos años. En las diversas exposiciones que ha realizado, se puede advertir una evidente utilización de tela estampada para los fondos o detalles de sus composiciones. Asimismo, el uso del negro para construir las sombras resulta problemático, pues carece de gradación tonal, lo que impide un modelado volumétrico convincente. A esto se suman errores en el manejo de la luz y en la proyección de las sombras en el espacio, afectando la coherencia espacial de la imagen.

En la exposición dedicada al Bicentenario de Bolivia, sus trabajos estaban realizados mediante una técnica que simplifica los procedimientos: el uso de tela estampada, aplicada en recortes para áreas específicas o como fondo de sus pinturas. Las composiciones presentaban desproporciones y desajustes en la relación entre las figuras, evidenciando problemas en la construcción anatómica y en la integración de los planos. Si bien la conceptualización era clara, la temática tampoco exigía un mayor detenimiento reflexivo, lo que refuerza la dependencia de recursos formales reiterativos.

Para citar algunas obras, tomemos como referencia las siguientes.‘Permanencia’ presentaba un resultado erróneo en la relación proporcional entre el tronco superior e inferior de la figura. En ‘Raíces’, la blusa estaba mal resuelta, particularmente en la articulación de pliegues y volumen. En ‘Sempiterno II’, la tela adherida al soporte evidenciaba un tratamiento deficiente del material. La misma observación puede hacerse en ‘Detrás del velo’ o 'Munay', entre otros lienzos, donde la integración del soporte y el material no logra resolverse de manera orgánica. 

Permanencia, Óleo sobre tela, 120 x 90 cm, 2025

Sempiterno II, Óleo sobre tela, 100 x 100 cm, 2025
Detalle de Sempiterno II
Detalle de Sempiterno II

En el caso de su última exposición, en este año, en el Museo Nacional de Arte, las obras carecían de un hilo narrativo conductor. Sallqa’ era una acumulación de motivos antes que una propuesta discursiva articulada. Se trataba de piezas que representaban a especies de tierras altas, junto a figuras de reyes incas y una pieza de orfebrería con colibríes a su alrededor, entre otros lienzos. En el centro del patio de cristal del MNA se disponían jarrones de cerámica —que remitían a una producción comercial— con incrustaciones de orfebrería animal pintadas con aerosol, generando una combinación estridente y poco articulada, sin una síntesis material ni conceptual consistente. Por tanto resultaba innecesaria las piezas. 

Por último, las figuras de sus cuadros estaban realizadas con pintura blanca sobre fondos negros, mientras que los detalles eran realizados con pan de oro, aplicado de manera deficiente, y purpurina para intensificar el brillo, recursos que, lejos de enriquecer su propuesta, tienden a subrayar su carácter efectista.

Ñusta, Dibujo mixto y pan de oro sobre lienzo, 100 x 80 cm, 2026
Detalle de Ñusta

Manko Kapac, Dibujo mixto y pan de oro sobre lienzo, 100 x 100 cm, 2026
Detalle de Manko Kapak
Detalle de Manko Kapak

El trabajo de Douglas Rivera, sin embargo, me resultó sorprendente al apreciarlo en el III Encuentro Nacional de Dibujo de 2024, realizado en el Simón I. Patiño de la ciudad de La Paz. Su obra titulada La Piedad (2014, ganadora del segundo lugar de dicho premio) está ejecutada con meticulosidad, pues exige la construcción de la trama de las vendas que cubren a la Virgen María y a Jesús. Pero, sobre todo, revela tiempo destinado, pausas para contemplar el proceso y dedicación al trabajo bien hecho, elementos fundamentales para una praxis artística rigurosa.

Qué valor tiene un premio si se convierte en una muralla contra la crítica? En esta nueva entrega de El Espejismo del Salmón, Eynar Rosso reflexiona sobre la genealogía del currículum artístico —desde la audaz carta de Leonardo da Vinci hasta las "vacas sagradas" del contexto boliviano— para analizar el presente de uno de los artistas más celebrados de la última década: Douglas Rivera.

Frente a los elogios de historiadores como Pedro Querejazu y Margarita Vila, Rosso propone una mirada quirúrgica sobre la producción reciente de Rivera. Desde el uso problemático de telas estampadas y purpurina, hasta la pérdida del modelado volumétrico y la coherencia espacial, el texto cuestiona si el éxito comercial y la circulación inmediata han apagado el rigor que llevó al artista a ganar el Salón Pedro Domingo Murillo en 2014.

Una invitación a preguntarnos si las estrellas del panteón artístico boliviano mantienen su luz propia o si, por el contrario, estamos presenciando el rastro de una estrella fugaz.
La Piedad, Dibujo al pastel, 80 x 60 cm, 2014
Segundo Lugar del Premio Fernando Montes Peñaranda

Diez años separan al Douglas Rivera que obtuvo el primer lugar del concurso Fernando Montes Peñaranda y el Gran Premio del Salón Pedro Domingo Murillo del artista que hoy produce para exponer en múltiples espacios. Esta distancia no es solo temporal, sino cualitativa: marca el tránsito de una búsqueda formal a una producción orientada por la circulación inmediata y el mercado de arte. Quizá muchas de las personas que aplauden su trabajo aún conservan el brillo que desprendía el Douglas de 2014. Mientras tanto, otros presenciamos a un Douglas Rivera que se convierte en fugaz. Como sabemos, incluso las estrellas pueden apagarse con el tiempo, especialmente cuando el reconocimiento sustituye al rigor artístico.

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